Fabián Severo

Fabián Severo

20 feb. 2012

Poesía de Frontera. Qué palabra es de dónde en la geografía de la Poesía

Ponencia presentada en el Encuentro de Jóvenes Escritores de América Latina y el Caribe en la Feria Internacional del Libro
La Habana – Cuba, 2012

Poesía de frontera
Qué palabra es de dónde en la geografía de la Poesía


¿En qué lengua hablamos los poetas? ¿Qué gramática besa nuestros pensamientos? ¿Qué diccionario usamos para pintar los ladridos que no nos dejan dormir? ¿En qué mapa calcamos los versos de aire? ¿De dónde somos los poetas? ¿Somos de acá y de allá, ilegales, marginados, indocumentados, ciudadanos del mundo? ¿Qué función cumplimos los poetas? ¿Somos loros repitiendo metáforas enseñadas por nuestros amos o aún tenemos el coraje de innovar?

Somos y no. Decimos y ocultamos. Nunca aprendimos a entonar pero cantamos. Somos un purgatorio de palabras. Somos una frontera.  

Si los poetas somos como niños que juegan con las palabras, la frontera es una gran juguetería. Hay un río que riega dos países, puentes que llevan y traen, calles que hablan varias lenguas. Allí la sangre se mezcla, la lengua se entrevera, la vida se multiplica. Donde los mapas se unen o se despegan, donde alguien dibujó una línea sobre agua o un borde sobre tierra, la gente vive fronteramente y habla un limbo idiomático. La frontera soy yo que ni sé de dónde soy.

Vengo de la frontera de Uruguay con Brasil. Allí las palabras no necesitan visas ni respetan aduanas, hablamos portuñol, esa lengua que es un puente entre el español y el portugués, y que durante muchos años, algunos quisieron hacerlo un dialecto indigno hablado por pobres. Pero el portuñol es una lengua rebelde que no respeta geografías ni autoridades. Es el canto de esos pájaros que nos contaba el compositor uruguayo Aníbal Sampayo: "Los pájaros cruzan de un lado al otro, muchos comen en Uruguay y por la noche las bandadas van al otro lado del río y allí duermen. Esas aves no tienen cédula de identidad, no las detienen las aduanas, ni las banderas, ni tienen fronteras".

¿En qué lengua hablamos los “frontera”? ¿En la lengua que nos enseñaron en la escuela o en la lengua que nuestra madre nos cantaba antes de dormir? Tal vez nos suceda lo mismo que al protagonista del escritor argentino Juan José Saer que decía: De mi boca sale ya la bendición, ya el veneno, ya la palabra antigua con que mi madre me llamaba al atardecer, entre las fogatas y el humo y el olor a comida que flotaba en las calles rojizas, ya esos sonidos que repercuten en mí como en un pozo seco y sin fondo. Entre las palabras que la voz le arranca a la sangre y las palabras aprendidas que la boca come ávida de la mesa de los otros, mi vida se balancea sin parar y traza una parábola que a veces borra la línea de demarcación. Me siento como atravesando una región en la hay zonas diurnas y nocturnas, alternadamente, como el gallo que canta a deshora, como el bufón que improvisaba para Ataliba, entre la risa de la corte, una canción que no estaba hecha de palabras sino únicamente de ruido.

Un día, quise escribir poemas sobre ciertos recuerdos, pero no encontraba el sonido de mi calle. Los versos se partían como un trozo de tierra reseca, las palabras quedaban lejos de la lluvia que mojaba aquellos días. Entonces descubrí, que debería intentar recrear el sonido de la máquina de coser de mi madre o la sonrisa con que el Caio me invitaba a remontar cometa. Y allí surgió eso parecido al portuñol, palabras torcidas que traían el olor a humedad de la pared de mi cuarto. Del idioma materno son las palabras del afecto, de la ternura, de las emociones, de la pasión. No puedo recrear ni expresar mi pasado sin ellas.  

Desde que escribí Noite nu Norte, un libro de poemas en portuñol, he pasado por muchos interrogatorios que casi siempre comenzaban con la misma pregunta: ¿Por qué escribiste en portuñol?

No se por qué escribo en portuñol. A veces estoy mirando el cielo a esa hora en que se vuelve confuso de color y siento angustia de no saber quién soy. Entonces, tomo un lápiz y voy dibujando en la hoja esas imágenes que vi vivir o alguien me contó que vivió, que viví o soñé, porque uno también tiene derecho a soñar aunque no tenga con qué. Las imágenes surgen como cuando era niño y calcaba figuras, yo solo las rescato de la memoria afectiva que las registró en la lengua que me cuidó con amor.
           
Ojalá pudiera explicarle a la gente, que a veces, cuando estoy recordando aquella tristeza que había en mi tierra, las palabras van saliendo una arriba de otra, todas entreveradas, palabras torcidas. Hay días en que intento enderezarlas, pero no puedo, ellas empiezan a perder su música, su sabor. Las palabras enderezadas son hueso sin carne, muriendo en mis cuadernos. Pero otras veces, las dejo así, todas torcidas, y entonces regreso a mis diez años y ando descalzo por la calle, corriendo con la Gabriela o ayudando a la María a arrancar naranja. Las pocas veces que me pasa eso, me siento menos triste, me olvido que afuera el mundo es tardecita. Por unos segundos, vuelvo a tener los sueños que caminaban en el medio de las piedras sin saber que las palabras tenían dueño, cuando creía que el mundo era todo mío.       

Según el poeta uruguayo Javier Etchemendi: “La frontera es una circunstancia física y psicológica, es el misterio de una luz, de un idioma; la frontera tiene su olor propio y sus colores, la frontera es peligro.” Y el peligro de la frontera es un manantial para la poesía. Manantial donde las palabras adquieren nuevos significados, donde el lenguaje es espontáneo, libre, donde se puede innovar a cada instante, donde el aire arrastra riqueza fonética, donde oralidad y escritura se confunden, donde los neologismos están en cada esquina y en lugar de decir “íbamos”, podemos decir “nosotro iba” o “nos ía”. Donde los alambres no detienen a la musicalidad de las palabras.

En un lugar donde uno no sabe dónde está, porque por la mañana fue a comprar azúcar y arroz en Brasil, y por la tarde hizo un arroz con leche en Uruguay, y el sabor es de aquí y de allá, es natural que la poesía también sea doble o múltiple, y uno utilice palabras en español, portugués o en portuñol según la necesidad poética, porque uno puede echar de menos el patio de la infancia o sentir “saudade” que es extrañar pero con música. 

La frontera es una fuente inagotable.

Escritores del continente, los invito a visitar la frontera, a entreverar plumas y lenguas para encontrar metáforas nuevas. Descubramos imágenes de nadie y de todos y utilicemos la lengua que mejor represente el canto de la vida, sea esta portuñol, espanglés, casteñol, nuyorriqueño o las que surjan donde alguien se pregunte qué hay más allá del mar.

Tal vez un día, todos seamos la frontera misma de un solo continente, donde no haya que pasar aduanas para abrazar a una madre o responder interrogatorios para besar a un hermano, donde soñemos una sola poesía.

Fabián Severo
La Habana, 14 de febrero de 2012

1 comentario:

  1. Poeta te veo
    merodeando la noche —sin farol—
    con tu palabra en la mano
    buscando almas dormidas
    para hacerlas soñar en una jugosa lengua
    sin fronteras.


    un abrazo

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